DE LA MELANCOLÍA COMO ESTRATEGIA y LA AMARGURA METÓDICA

 

DE LA MELANCOLÍA COMO ESTRATEGIA y LA AMARGURA METÓDICA

 

Corazón palpitante que la percepción denuncia afectado por la tribulación: una tribulación que en el caso de Santa Teresa de Jesús pone al síntoma en el lugar del disfraz del vacío en el que entra la magnífica escritora del siglo XVI, arrobada por una forma de amor a Dios que representa un verdadero acto de rebeldía contra la teología de entonces, para la que Dios era un objeto a discernir mediante los recovecos de la razón.  Siguiendo ese aforismo italiano que, en la obra de Mario Puzo, El Padrino, repite el efímero Papa Juan Pablo I a M. Corleone, ese que dice “cuando el alma calla el cuerpo habla”, la Santa entra en catalepsia durante cuatro días y solo la intuición de su padre la salva de ser enterrada viva pues amortajada llegó a estar.

Su protegido, San Juan de la Cruz, pobre de pobres y perseguido por la Inquisición acusado de haberse educado en Salamanca “solo para hablar de sí y mostrarse digno del amor de Dios”, pagó con cárcel su atrevimiento y solamente la intermediación de Santa Teresa logró salvarlo de la hoguera, permitiéndonos a nosotros, siglos después, disfrutar de las maravillas poéticas de su Canto Espiritual.

La primera, declarada soberbia por la oficialidad, se atreve a hablar en primera persona del singular, ese “atrevimiento” que autorizan los años y la experiencia.  Lo que ella llama su segunda conversión le sucede a los 49 años de edad y la escritura de EL LIBRO DE LA VIDA, CASTILLO INTERIOR, EL LIBRO DE LAS RELACIONES, LAS MORADAS, etc. contienen el testimonio del resultado, en su existencia, de un verdadero viaje interior mediante el cual apunta a conciliar el amor a Dios con la realidad del cuerpo, verdadera asonada intelectual contra la idea mazdoqueista reinante del cuerpo como exclusivo portador de corrupción “Los tres enemigos del hombre son: el mundo, el demonio y la carne” se dice en el Catecismo del Padre Astete, referente antiguo de la Otredad cultural con la que fuimos educados los ya mayores de edad. 

De la escultura de Bernini podemos destacar tres fragmentos: la flecha dispuesta para ser lanzada por el ángel, la expresión de profundidad mística de la santa y… la desnudez de su pie que contrasta con la abundancia de tela representada.  En otras palabras: el cuerpo. 

Conciliar el amor a Dios con el amor al mundo (fundó algo así como 25 conventos destinados, entre otras cosas, a asistir a los menesterosos) representaba, como ya expresé, todo un acto de sublevación. Su literatura va más allá de la autobiografía que inaugura el género en Occidente con San Agustín, porque mientras este supone que la conversión debe traducirse en conocimiento de cómo funciona el intelecto humano (su teoría de la memoria debería ser revisada por los neurocientíficos y los filósofos, toda vez que se anticipa a la materialidad de la evocación al tiempo que insinúa un “yo” dispuesto a conseguirla mediante una carretilla con la que ese yo viaja a la biblioteca que está en el cerebro y en la que los recuerdos se encuentran organizados como libros…), la escritura de Santa Teresa da cuenta de las tribulaciones por las que pasa en esa búsqueda de relación con un Otro fundamental, fundacional por así decirlo, que es Dios.  Dueña de un saber no sabido, se adentra en las aventuras de quien no teme dar de sí toda su capacidad de sinceridad extrema, su parrhesía, en momentos en los que la Contrarreforma castigaba severamente toda duda con respecto de la creencia en el Dios de los teólogos, el Dios Oficial.  El placer de servir a los demás se confunde con el placer de fundirse con Dios (la séptima morada es, precisamente, la unión, el matrimonio con Dios). El psicoanalista lacaniano interpretará esta conjunción como la que acontece entre el goce pulsional, fálico con el goce del Otro. 

La experiencia mística de Teresa de Jesús y de Juan de la Cruz, podemos asegurar, es una experiencia propia del barroco, tiempo de guerras religiosas, de penuria económica, de decadencia de imperios como el español y el portugués, de pestes irrefutables y de persecuciones diabólicamente inteligentes contra todo espíritu de libertad.  Tiempos a los que Quevedo y Villegas mostraba como desérticos y a los que Cervantes, a través de su Alonso Quijano, denunciaba pueriles apenas vivibles para su sobrina envanecida con tratos de curas y de nobles decadentes.  Tiempos a los que la pluma de don Miguel de Unamuno supo referenciar demostrando que la épica del desatino de un Don Quijote de la Mancha, representaba una forma de melancolía empleada como estrategia para no sucumbir espiritualmente a ese gran desorden del mundo. 

Finalmente digamos que en América aparecen dos herederos de esa manera de afrontar la dificultad de ser en contra de lo reinante entrevisto como fuente de tribulación: Sor Juana Inés de la Cruz (toma su nombre, es evidente, de su afinidad con San Juan de la Cruz) en México y Ezequiel Martínez Estrada, en Argentina. 

Ninguno de los dos místico propiamente dicho, la monja mexicana poeta, el humanista argentino pensador.  Pero capaces sí de involucrarse con la dificultad del mundo de manera original. 

La Juana Inés sabía que casándose quedaba condenada a la prohibición de leer lo que quisiera y mucho más, a la de escribir.  Opta por hacerse monja y, protegida por la Virreina, hacerse a la dirección de la biblioteca del convento. Parrhesiasta en su poesía no teme hacer del amor su motivación (“Detente sombra de mi bien esquivo…”, “Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón…”) y, creo yo, anticipándose a las finísimas observaciones de Freud y de Lacan, los dos grandes del psicoanálisis contemporáneo.  Ya no será “el hombre de genio” sino otra mujer la que demostrará que la melancolía bien puede ser la estrategia para trascender la dificultad de existir.

Ezequiel Martínez, por su parte, en una obra que en su momento fue saludada efusivamente por Borges y por Cortázar, hizo del ensayo acerca de la oprobiosa realidad de su país, contenido y método que situaba a la amargura en el lugar de una responsabilidad absoluta para dar cuenta de la verdad de las cosas.  En tiempos de grandes dificultades el ensayista sabe colocarse a distancia de la manida voluntad transformadora, consigna propia de voceadores chillones en tiempos de mal humor pusilánime de las gentes.  A lo que apela él es a articular la angustia personal con la fallida constitución del país, tal y como lo advierte su biógrafo, Christian Ferrer.  Evitando el apasionamiento, manifestaba con su estilo una actitud, un gesto si se quiere, que no evadía la confesión de su angustia personal con respecto de la incesante repetición de lo fatal escondido en la publicitada y artificial colección de novedades. 

CODA

Asumiré, espero que con la debida paciencia, las consecuencias derivadas del hecho de ser psicoanalista que habla de la mística.  No me ampararé en argumentos de autoridad para conseguir incierta benevolencia.  Pero es que entre nosotros, la censura no opera solamente desde el poder hacia abajo, también entre los de abajo, la censura opera de manera siniestra y desde una superioridad moral que supone lo religioso por fuera de la cultura y lo místico por fuera de la enfermedad.  Y cierto más en la academia, ese lugar en el cual los intelectuales no se leen entre sí sino que se vigilan, según feliz expresión que algún día le escuché al poeta Rafael Escobar de Andreis.  Una especie de CIA, de KGB, de Santo Oficio inorgánica pero fatalmente eficaz. Tengo autorización por mi edad y por mi experiencia, de escribir en primera persona del singular, acto propio del ensayo, acto propio de quien usa la escritura para pensar no para predicar. 

 

 

 

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