DEL DUELO Y DE LA MELANCOLÍA DE IZQUIERDA DE ENZO TRAVERSO
Si fuera posible hacer una escanografía de “lo
social”, y lo anímico fuese visible tanto como un edificio (ese vestido de
concreto que cubre a quienes lo habitan con el mismo ropaje), la presentación
de los duelos configuraría una variopinta realidad dadas las particularidades
de estos: un duelo por cada sujeto, pues el proceso no es igual en todas las
personas como es cosa sabida (aunque no siempre asumida con todas sus
consecuencias) por los psicoanalistas. Escogeré apenas uno de esos duelos.
Haber sido joven no solamente significa haber tenido
la edad sino haberse situado en ella según el horizonte de época que en suerte
nos tocó vivir. Y en lo que a algunos y
algunas de nosotros respecta la juventud adhirió a ideales utópicos de
transformación social radical que a la postre revelaron verdaderas
distopías. Allí donde esperábamos la
creación del Hombre Nuevo advinieron los Gulags y las burocracias empeñadas en
reducir lo deseable a lo que impusieron como única posibilidad. Hoy por hoy, la República Popular China
presenta el real de una economía de mercado con Partido único, verdadera
fórmula fascista de Mussolini…
Era de esperarse aunque no lo admitiéramos: un ideal
(parte de lo real del horizonte de época) traducido en organización conducente
a su realización, terminaba produciendo un real que traicionaba al
primero. Si alguien lo admitió muy
probablemente lo hizo de mala gana, es decir, cubriendo con el velo de la especulación
racional la verdad monda y lironda de lo sucedido una vez se pudo reconocer
sinceramente a las verdaderas causas de lo acontecido: la asociación entre
deseo de transformación y ejercicio de la violencia como acto legítimo seguía
haciendo reposar al ideal en los vericuetos del poder y así el más libertario
de los revolucionarios se convertía en el más autoritario (y sanguinario) de
los dictadores. Y como verdad única, el
izquierdista en duelo, apenas sí balbucía su deplorable explicación: “se trata
de desviaciones no de algo inherente a la utopía misma”. Ergo: ¡a fusilar a los
traidores!
En MELANCOLÍA DE LA IZQUIERDA (Cfr.: MELANCOLÍA DE
IZQUIERDA. Después de las utopías.
Galaxia Gutenberg, 2019. Se consigue Versión Digital) Enzo Traverso nos
ayuda a comprender que si la utopía se basaba en una caracterización descarnada
de la realidad que procuraba modificar muy a tono con la letra del tango
CAMBALACHE del inolvidable Santos Discépolo, su degradación ha contribuido a
llevarnos a creer que el actual estado de cosas es el mejor de todos por los
que ha pasado la humanidad a lo largo de su historia. En la introducción escrita por Josep
Ramoneda, este no vacila en afirmarlo así: “No hay Futuro. Para verter algún
motivo de optimismo en unas sociedades desgarradas por la competencia y el consumo
como único horizonte de nuestro tiempo, ha emergido la ideología del mejor de
los mundos posibles, una manipulación del pensamiento ilustrado, de la que
Steven Pinker es el principal profeta para hacernos creer que el mundo está
mejor que nunca.” Y como creencia tendrá su fieles seguidores: Trump,
Bolsonaro…
Pues bien: Enzo Traverso, en apariencia, pareciera
querer psico patologizar el estado de duelo del huérfano de esa utopía. Sin embargo creo que no es así: su libro es
justamente testimonio de cómo el pensamiento coadyuva a asumir el proceso de
duelo destacando que a la revelación de esa realidad sovietizada le corresponde
la creación de esa creencia en las bondades insuperables del actual estado de
cosas en los países que no siguieron ese rumbo.
Y, de alguna manera, con ello nos posibilita pensar nuestra realidad
como nación, como uno de los últimos bastiones de esa utopía cadavérica que
también se degradó al lumpenizar la lucha revolucionaria reveló los impasses
propios de lo nefasto de esa asociación que articulaba transformación social
con ejercicio (considerado legítimo) de la violencia. ¡Arriba los pobres del
mundo!
Pero el problema va más allá toda vez que la utopía
revolucionaria no es la última sino la penúltima en peligro: la última es la utopía
liberal y quizás esto explique que izquierdistas que no han elaborado el duelo
por la muerte de su propia utopía hayan saltado presurosos a defender la
democracia liberal en riesgo. Pareciera
como si lo que resultara insoportable fuera reconocer que la vida procede del
azar y que como sea es necesario dotarla de algún sentido para que valga la
pena ser vivida. Confiando ilusamente en
las bondades de un aparato de poder hecho y contrahecho a imagen y semejanza de
la articulación entre grandes ideales (libertad, igualdad, fraternidad) y leyes
redactadas al tenor de intereses de minorías poderosas, se muestran
desconcertadas ante la emergencia de verdaderas rebeldías de signo contrario,
es decir, de derecha, que por lo pronto apelan al motín y a la movilización de
masas, fase inicial de un proyecto que, de no frenarse, terminará por copiar la
combinación de todas, las formas de lucha que la izquierda pregonara en el
pasado.
Dejaré las palabras de Traverso acerca de su
concepción de la melancolía de la izquierda, lejana de la supuesta
psicopatologización que alguien pudiera endilgarle:
“Sin embargo, esta melancolía no significa el refugio
en un universo cerrado de sufrimiento y remembranza; es más bien una
constelación de emociones y sentimientos que envuelven una transición
histórica, la única manera en que la búsqueda de nuevas ideas y proyectos puede
coexistir con la pena y el duelo por un reino perdido de experiencias
revolucionarias. Ni regresiva ni impotente, esa melancolía de izquierda no
debería eludir el peso del pasado.
“Es una crítica melancólica que, a la vez que está
abierta a las luchas en el presente, no evita la autocrítica respecto de sus
propios fracasos pasados; es la crítica melancólica de una izquierda que no se
ha resignado al orden mundial esbozado por el neoliberalismo, pero que no puede
renovar su arsenal intelectual sin identificarse empáticamente con los vencidos
de la historia, una gran multitud a la que, a fines del siglo XX, se une de
manera inexorable toda una generación —o sus restos— de izquierdistas
derrotados.
“Para ser fecunda, empero, esa melancolía necesita
llegar a ser reconocible tras su desaparición durante las décadas anteriores,
cuando la toma del cielo por asalto parecía ser la mejor manera de hacer el
duelo por nuestros camaradas perdidos.

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