POSTURAS FRENTE AL CONFLICTO I
No me
referiré exclusivamente a lo que descriptivamente hemos denominado conflicto
armado que algunas voces pretenden negar cuando señalan que no es propiamente
lo que sucede en Colombia, asegurando que la descripción más exacta frente a la
de “conflicto” es la del asedio de criminales contra un estado democrático,
como si esto de por sí, no representara un conflicto. Me referiré al conflicto en general, es
decir, a la existencia de una situación compleja que exalta toda clase de
estados de ánimo en las relaciones sociales y, también, en el corazón de los
sujetos, de “el sujeto” para hablar en términos psicoanalíticos.
Podría
apelar a esa realidad biológica llamada vida en la que asistimos a una
constante ineludible: la simultánea desaparición de células con la creación de
nuevas. Que en la filogenia podemos
extrapolar a la evolución de las especies y a la relación entre estas
(mutualismo, depredación, etc.) y en la ontogenia con la emergencia de esa
especie que está en condiciones de pensarse a sí misma y en relación con las
otras.
Con esta
última entramos en ese territorio al que deseamos abordar para efectos de
obtener algunas ideas con respecto del conflicto, como elemento inherente e
ineludible si es que en algo nos interesa la verdad. Entonces la democracia, esa forma de gobierno
imperfecta pero la menos mala de todas las formas de gobierno, supone un qué
hacer frente a lo inevitable que es la imposibilidad de homologar armónicamente
todas las cosas que confluyen en ella.
El mismo concepto de armonía, en música, no se refiere al unísono sino a
la confluencia de notas diversas capaces de producir, por su diversidad misma,
estructuras agradables para el oído, incluyendo las disonancias, tan
importantes en ciertas formas como el jazz. Charles Fourier, uno de los
fundadores del cooperativismo, tenía como expresión de su pensamiento utópico,
la creación de una sociedad que llevara por nombre ese, el de ARMONÍA. Parece que murió decepcionado porque no
recibió respuesta a la carta que envió a diversos líderes mundiales con su
propuesta.
Ningún
régimen político escapa a la consideración acerca del qué hacer frente a lo
distinto, a lo anómalo, a lo singular.
Mientras que el pensamiento único como ideal jalona la configuración de
sistemas totalitarios y dictatoriales, desde la base hasta la cúspide de las
sociedades, es en democracia donde se le reconoce como conflicto ineludible, y
se postula su reconocimiento como valor propio de ese sistema. No quiere decir esto que, como tema, el
conflicto sea desconocido por líderes e intelectuales (presentados como líderes
“positivos” por los partidarios de la solución violenta de los conflictos), por
el contrario, lejos, muy lejos de los sistemas democráticos, estaría, por
ejemplo, la discusión acerca de las bondades del alma enfrentadas a las
pantanosas manifestaciones del cuerpo (Agustín de Hipona, Tomás de Aquino…)
Como
hecho, la reflexión exige en primer lugar, ampliar las coordenadas que al
declararlo inevitable e ineludible, permitan definir un qué hacer con respecto de
este, un qué hacer que incluya a la misma reflexión. Es decir que lo que se piensa acerca de un
acto hace parte del acto mismo. Que, por
ejemplo, cuando vamos a abordar el problema de la drogadicción, tengamos en
cuenta que la dicción acerca de la dependencia de sustancias debe estar
incluida en el análisis de esta misma.
Qué hacer
con lo que se presenta como inadmisible, como lo incorrecto, como lo que
suponemos anómalo, excepcional. El
discurso que desea negarlo siempre apelará a lo mismo: una inescrupulosa
potencia conspira contra el deseado bienestar armónico convenido por
otros. La responsabilidad de las crisis,
para citar un solo ejemplo, se adjudicará al malévolo espíritu demoníaco que
medra amenazante contra el bienestar del rebaño.
La
sexualidad, la concepción política, la vida de relación entre las personas y
las clases sociales, los géneros, la reproducción, la economía, la
supervivencia de las especies, etc. Un
largo listado de temáticas propias del vivir en sociedad, hacen que el ideal de
vivir una buena vida buena (placentera y bondadosa, al pensar de Spinoza),
suponga para algunos la eliminación radical y definitiva de todo aquello que
supongan, desde sus altares ideológicos, enemigo de lo armónico. De ese modo, en materia musical, el canto
gregoriano sería el único aceptable… Y se desearía que de nuevo el pentagrama,
eliminara las fastidiosas notas del SI y del MI, las llamadas “notas del
diablo”, por su no correspondencia a la distancia matemática que se cumplía en
la escala do-re-fa-sol-la-do.
Uno de los
efectos de la despolitización de la cultura ha sido la reducción del conflicto
al enfrentamiento. En lugar de la
meditación reflexiva, la opinión se convierte en ideal supremo y la dicción,
durante el enfrentamiento, revela la inmensa capacidad que tiene el insulto
para convertirse en la forma predominante de abordaje de las discrepancias en
el que cada bando no puede impedir que en un momento dado pase de la tolerancia
a la acción represiva contra el disidente.
Quedarse
en el abordaje del enfrentamiento y renunciar al abordaje del conflicto desde
el cual aquel procede, ha marcado en buena parte la historia del conflicto
armado en Colombia. Voceadores capaces
de estridencia advierten con insistencia en señalar como sospechosa y
merecedora de silencio aquella voz que expresa la imperiosa necesidad de
argumentar y superar la fascinación con el adjetivo, presa de la suspicacia que
transforma en caricaturas de Sherlock Holmes a sus embrujados expositores.
Perseverar
en la investigación, implica considerar que el mero enfrentamiento, al eludir
el abordaje reflexivo, representa el acto que se anticipa a toda reflexión
acusándola de malsana doctrina. Tal vez
sea necesario entonces proceder de tal modo que la argumentación recupere el
prestigio que ha perdido, resultado de la despolitización de la cultura o,
aprender a hacerlo de tal modo que digamos lo que pensamos de forma que el
lector menos informado nos entienda a la par que el inquisidor más inteligente
no nos pille.
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